Nuestro barrio, Moravia Reflexión sobre una práctica de acumulación y el gran potencial que se esconde en los pequeños momentos en Medellín.

No hay otro barrio como Moravia en Medellín.

14 de septiembre de 2026

Medellín, Colombia

Según lo contaron a rearc institute Cielo María Holguín Ramírez y Maximilian Becker

Decimos que hay tres Moravias. Por la mañana, Moravia huele a las frutas que venden los vendedores ambulantes. Los trabajadores corren para tomar el metro y llegar al trabajo en hora pico. Al mediodía, los campos están llenos de gente practicando fútbol, las plazas se llenan de ensayos de baile y reuniones de personas mayores, y las familias pasean con un helado en la mano. Por la noche, el barrio cobra vida con la rumba, las fiestas callejeras y la gente haciendo fila para comprar chuzos a los vendedores ambulantes.

No hay ningún barrio igual en Medellín. La gente viene a hacer sus compras, a hacerse la manicura, a ir al médico. Hoy en día, Moravia cuenta con una importante infraestructura comercial y se respira un auténtico espíritu emprendedor en cada esquina y en cada hogar. Pero no siempre fue así.

Moravia fue construida en la década de 1960, tras "La Violencia", por personas desplazadas de toda Colombia, sobre y alrededor del basurero de la ciudad de Medellín. Las familias que llegaron aquí en busca de una nueva vida tuvieron que encontrar la manera de sobrevivir, estigmatizadas y en total pobreza. Con el tiempo, los vecinos se unieron e impulsados en gran medida por las mujeres de la zona, tomaron medidas para transformar Moravia. Décadas más tarde, este barrio autoconstruido es un lugar de esperanza, un centro productivo donde la gente ha construido una vida llena de oportunidades y dignidad.

Todo empieza en el espacio público

Queremos construir con alma, con identidad, con memoria. Porque, para nosotros, un proyecto existe antes de existir. Una vez construido, no parte de cero. Lleva consigo todo lo que vino antes.

Nuestra fundación, Oasis Urbano, nació del deseo de apoyar a nuestra comunidad de Moravia en nuestra lucha por el derecho a la ciudad. Está arraigada en las relaciones, culturas y saberes que ya existen aquí, y en el intercambio entre ellos. La gente del barrio ha levantado sus casas a pulso, con sudor y lágrimas; forma parte del territorio. En lugar de enfrentar cada desafío con una solución preconcebida, empezamos por conocer a nuestros vecinos. Así fue como la Escalera Oasis Tropical, la restauración de unas escaleras peligrosas que se estaban desmoronando, se convirtió en nuestro primer proyecto, construido en comunidad y totalmente con materiales donados.

Trabajamos primero en los espacios públicos —una plaza, una cancha de baloncesto, cualquier lugar donde la gente ya se reúna—, porque esos lugares, una vez mejorados, invitan a quedarse. Pero no basta con que la gente se quede; también hay que activar el espacio. Para eso están el cine, la cocina móvil que construimos para llevar las clases de cocina a los callejones y los festivales comunitarios. Nos hacemos visibles y cercanos para que la gente sepa que puede venir a hablar con nosotros e involucrarse. Tejemos relaciones clave con organizaciones de base y con líderes y lideresas comunitarias que cuidan estos espacios públicos. Gracias a estas relaciones, podemos desarrollar programas como el cine comunitario. Cada una de estas experiencias colectivas genera confianza.

A través del proceso de compartir comida y cocinar con otros, nutrimos a nuestra comunidad, fortalecemos las tradiciones orales y cultivamos un espíritu de servicio.
Cielo María Holguín Ramírez y Maximilian Becker

Las actividades culturales y comunitarias son nuestra forma de involucrar a la gente en los procesos de transformación comunitaria. Cuando empezamos a cocinar con otros, era para darnos fuerzas para seguir trabajando. Ahora, el laboratorio de cocina y la cocina móvil son una parte clave de nuestra identidad local. A través del proceso de compartir comida y cocinar con otros, nutrimos a la comunidad, fortalecemos las tradiciones orales y cultivamos un espíritu de servicio. Los niños y niñas que se unen al laboratorio de cocina —mientras pican, revuelven y sirven con nosotros— comienzan a verse a sí mismos como referentes en la comunidad. Algunos de ellos llegaron a nosotros sin saber ni cómo cocinar un huevo. Ahora, no solo preparan comida para el vecindario, sino que también cursan estudios de gastronomía. A través de la comida, estos jóvenes han desarrollado autonomía, el cuidado de sí mismos y el cuidado de quienes comparten su vida.

Roberto, un vecino, comenzó con nosotros en el proyecto Escaleras. En ese momento era un obrero de la construcción que llegaba por la mañana, trabajaba y se iba. No socializaba, no hablaba con nadie. Nueve años después, eso ha cambiado. Siempre está pensando en cómo mejorar nuestro trabajo, asegurándose de que no se desperdicie nada, participando en cada evento. Está muy orgulloso de los proyectos que hemos desarrollado juntos y trae a sus propios hijos a la fundación cada fin de semana para que aprendan junto con todos los demás.

También estaba Kleida, quien vivía justo frente a las escaleras cuando comenzamos este proyecto. Nuestra relación empezó cuando le pedíamos ayuda de vez en cuando. "¿Podríamos guardar algunos materiales y herramientas aquí? ¿Nos podrías preparar un café? ¿Un poco de sopa?" Y así fue como empezamos a cocinar con ella. Hoy en día, ella dirige nuestras clases de cocina y es alumna en casi todas las demás clases que ofrecemos.

Más que un centro comunitario

Las escuelas en Moravia están saturadas. A los maestros les resulta difícil brindar atención individualizada a cada niño, y el hogar no siempre es un lugar donde los padres tengan el tiempo o los recursos para fomentar la creatividad o las actividades culturales. Los niños necesitaban un espacio donde se sintieran libres para crear, donde recibieran más atención y fortalecieran las áreas de conocimiento que deseaban explorar con mayor libertad. Junto con nuestra comunidad, construimos el Taller Tropical, un taller de bambú que sirvió de hogar para actividades de aprendizaje experimental. El simple hecho de estar fuera de la escuela, en un entorno diferente, puso a los estudiantes en un estado de ánimo que les permitió tener más libertad para aprender. Vimos cuán importante era para los jóvenes contar con estos espacios que les ayudaran a desarrollar buenos hábitos de estudio y un amor por el aprendizaje.

El Taller Tropical tuvo que cerrarse después de unos años; habíamos estado alquilando un espacio que nunca estuvo destinado a ser la sede permanente del centro. Pero cada idea da vida a la siguiente.

Sabíamos que teníamos el deber de seguir ofreciendo estos espacios de aprendizaje que brindan a los niños de toda la comunidad herramientas importantes y habilidades. Así nació la idea de la Escuela Popular Moravia. Nos dimos cuenta de lo fundamentales que son los espacios de educación popular para los niños, especialmente cuando, de otra manera, podrían tener demasiado tiempo libre. En lugar de estar pegados a un celular o a la tele, desperdiciando tiempo sin orientación, tienen una alternativa significativa. Los niños se sienten parte de un grupo de compañeros en el que tienen libertad para aprender juntos e incluso para enseñarse unos a otros. Este enfoque educativo ha fortalecido sus habilidades de liderazgo, su iniciativa y la confianza para sentir que ellos también tienen conocimientos que compartir. Esas experiencias nos convencieron de que la Escuela Popular podría convertirse en un hogar permanente para el tipo de aprendizaje, creatividad y cuidado comunitario que Moravia merece.

No somos carencia, somos potencia

Cuando imaginamos cómo será la Escuela Popular una vez terminada, nos imaginamos una tarde de miércoles a las dos en punto. El club de Mama Chila se reúne con otros residentes mayores del barrio en el primer piso para que no tengan que subir escaleras. Se sientan juntos, bordando y cosiendo, mientras que al otro lado de la sala, el equipo del laboratorio de cocina prepara la comida. Un piso más arriba, la gente ha venido a hacer cerámica y tallado en madera. Las artesanías son importantes para nosotros aquí en Colombia; son una gran parte de nuestra identidad cultural, y este espacio de taller puede apoyar a los artesanos locales para que produzcan sus obras. Hay salas donde los jóvenes líderes comunitarios vienen a trabajar y a reunirse. En la terraza al aire libre, suena música y la gente toma una clase y ensaya una escena para una obra de teatro.

Al caminar ahora por el barrio, vemos que el parque frente a nuestra fundación está más verde que antes. Hay colibríes alimentándose en el huerto comunitario que cuidamos y cultivamos.

Es difícil que un territorio construido por nosotros mismos aparezca en el mapa “oficial” de la ciudad. Moravia solía aparecer como un puntito. Éramos solo un puntito. Ahora estamos en el mapa, y cuando lo vemos ahí y podemos ir a nuestras casas en el mapa y ver todo eso, nos da dignidad; nos da poder. Nos ayuda a entender nuestro propio tejido social y lo hace visible para todos los demás.

La Fundación Oasis Urbano es un colectivo intercultural y multidisciplinario que impulsa la construcción colectiva de espacios comunes y ciudades habitables.

Ciclo de apoyo: 2023