El barrio flotante de Babahoyo Recuperación de las condiciones sociales y ecológicas de uno de los últimos barrios flotantes tradicionales de Ecuador.

Foto: JAG Studio

14 de septiembre de 2026

Babahoyo, Ecuador

Don Pedro, ha vivido en su casa flotante en el río Babahoyo durante más de veinte años. Durante dos siglos, cientos de casas de madera como la suya han bordeado las orillas del Babahoyo y han sido la base de un modo de vida tradicional sustentado por la pesca, la construcción de embarcaciones y el comercio fluvial. Hoy en día, solo quedan 25.

Durante el siglo XIX, el río fue una de las rutas comerciales más importantes de Ecuador; éste conectaba las tierras altas del país con la costa del Pacífico. Nace en la confluencia de los ríos San Pablo y Caracol, cerca de la ciudad de Babahoyo, que lleva su nombre, y recorre más de 40 kilómetros hasta llegar a la importante ciudad portuaria de Guayaquil. A medida que se desarrollaba la ruta comercial, las casas flotantes, los almacenes y los mercados comenzaron a salpicar la ribera y a facilitar el flujo de mercancías a través de esta arteria económica; sustentando así un modo de vida claramente moldeado por el río. La infraestructura flotante respondía al propio ritmo de crecidas y bajantes del río con una inteligencia anfibia; su precariedad era también su adaptación.

Un programa de reasentamiento de 2016 iniciado por el Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda, llamado "Las Brisas del Río", declaró los barrios zona de riesgo y desalojó a más de 200 familias del río para trasladarlas a un complejo de vivienda social a seis kilómetros tierra adentro. Desde entonces, algunos han anhelado regresar; otros, como don Pedro, nunca se fueron, aun cuando el barrio flotante permaneció excluido de la planificación urbana, los recursos y el apoyo.

El arquitecto José Fernando Gómez entiende ese anhelo. Su estudio, Natura Futura, con sede en Babahoyo, trabaja desde 2019 junto a los residentes del río para reimaginar y construir un barrio permanente sobre el agua.

“Crecí bañándome en ese río, todo eso era completamente normal para mí”, dijo Gómez. “Consideramos estas casas flotantes y la ribera del río como una extensión de la ciudad. Pero lo que sucede con las políticas públicas y estos llamados ‘territorios marginados’ es que llegan los políticos y dicen: ‘Tenemos que deshacernos de esto, no sirve para nada. No se acerquen al río, de ahí viene la pobreza’”.

Apenas seis años antes del desalojo de 2016, el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural había reconocido las técnicas de construcción en madera de los barrios flotantes de Babahoyo como parte del patrimonio inmaterial del país.

Nos interesa deconstruir la idea de la arquitectura social. Cuando hablamos de comunidad, no son solo ellos la comunidad, yo también soy parte de ella.
José Fernando Gómez

Sin embargo, el programa Las Brisas del Río rompió los vínculos ancestrales y físicos de las familias con el río. Las familias perdieron ingresos, acumularon deudas y perdieron sus vínculos sociales al separarse de sus medios de vida ribereños. En lugar de nutrir y reparar la relación cada vez más frágil con el río, el Ministerio aceleró la ruptura entre la comunidad y el entorno con el que estaban tan entrelazados.

El Barrio Flotante es una colaboración entre Natura Futura y los residentes ribereños de Babahoyo para restaurar las condiciones sociales y ecológicas de uno de los últimos barrios flotantes tradicionales de Ecuador. Hoy en día, ocho nuevas viviendas flotan en el río, cada una de ellas diseñada en colaboración con quienes las habitan.

Víctor Amaiquema se encuentra frente a la entrada de su nueva casa flotante, mirando hacia el río. Detrás de él, la robusta madera local está teñida color miel. Tradicionalmente, las casas flotantes de Babahoyo no tienen puertas propiamente dichas; las ventanas y puertas cumplen funciones similares para dejar entrar aire y luz, mientras que las paredes hechas de caña guadúa partida permiten ver el exterior desde adentro. Una puerta de celosía y ventanas enrejadas en su nueva casa mantienen esa lógica de diseño. Víctor, quien toda su vida se ha dedicado a la fabricación de canoas y a la pesca, cuenta con un módulo flexible que se abre a un espacio aireado para guardar y limpiar su equipo de trabajo.

Su vecina doña Teresa Mariscal, comparte su hogar con su hermano Rodolfo, a quien cuida. Su nueva casa flota a 60 cm por encima del nivel del agua, con un baño accesible y muebles en la planta baja para Rodolfo. Afuera, Teresa observa a sus nietos jugar en una amplia terraza.

Lo que mantiene a flote cada vivienda es una retícula de más de 40 tanques de flotación reciclados, unidos por metal liviano y madera local. Un puente flexible conecta cada una de ellas con la orilla del río y con la ciudad. Como sistema, cada una está diseñada para subir y bajar al ritmo estacional del río: sube con las crecidas de la temporada de lluvias y baja en la temporada seca.

“Tuvimos que construir primero cada [plataforma] en tierra firme, para poder colocar los tanques”, explica el constructor local Roswell Suárez. “Y una vez que la tuvimos flotando, comenzamos con el piso, luego los parantes, después las cerchas, entrelazando el resto de la estructura justo ahí, en el río”.

Un nuevo sistema de filtración de agua y de aprovechamiento del agua de lluvia abastece a cada hogar con 300 litros de agua limpia a la semana y les ahorra a las familias hasta un tercio de sus ingresos mensuales, que antes se gastaban en comprar agua limpia. Los inodoros secos conectados al mismo sistema convierten los desechos en fertilizante, en lugar de permitir que lleguen al río sin tratar.

A medida que los vecinos revisaban los diseños de las viviendas con José, sus aportes comenzaron a desplazar el enfoque del proyecto hacia el exterior, pasando de las viviendas privadas a los espacios públicos y los bienes comunes ecológicos que las conectan. Cada una de las ocho viviendas de El Barrio Flotante está ahora conectada mediante un puente a un sendero inundable de 150 metros que recorre la ribera del río, uniendo casa con casa y el barrio con la ciudad.

Árboles resistentes a las inundaciones, como el pechiche y el guayacán, ayudan a que la ribera resista la erosión al arraigarse profundamente en la tierra, al tiempo que filtran el agua para contribuir a un lecho fluvial más limpio. El matapalo, un árbol hueco nativo del río, suele ser el hogar de aves y murciélagos que anidan en su tronco. Con el tiempo, se espera que regresen al agua garzas, sapos y tilapias, señales de un sistema biodiverso vivo en proceso de recuperación.

“Nos interesa deconstruir la idea de la arquitectura social”, dice Gómez. “Cuando hablamos de comunidad, no son solo ellos la comunidad, yo también soy parte de ella. Y una vez que entras desde ese lugar de conciencia, desde esa comprensión del territorio, empiezas a ver que la arquitectura puede generar una transformación real”.

En una tarde húmeda de octubre de 2025, se terminaron las ocho viviendas y se celebró la reinvención colectiva del barrio con música, comida y espectáculos. Como la marea estaba baja, la plaza pública inundable no se inundó y sirvió de escenario para reunir a los residentes y vecinos del nuevo Barrio Flotante. Apenas unos meses después, cuando el espacio quedó sumergido bajo el agua durante la temporada de lluvias, las familias se volcaron a la plaza inundada e instalaron sus mesas con bocaditos y sombrillas multicolores en el muelle público. Los niños chapoteaban y daban volteretas hacia atrás en el agua mientras sonaba más música a todo volumen desde los carritos de venta ambulante estacionados en la orilla.

El Barrio Flotante es el primer barrio de este tipo en Ecuador en ser reconocido como parte de la estructura urbana oficial de una ciudad, mientras sigue desarrollándose una campaña de incidencia política para los derechos y la permanencia de este mismo. El barrio ha captado la atención de la ciudad, funcionarios municipales asistieron a revisiones de diseño organizadas por la comunidad y apoyaron algunos aspectos logísticos de la construcción, lo que abrió un diálogo por primera vez desde el programa de reasentamiento de 2016.

"Esto es una recuperación de nuestro patrimonio", explica Gómez. "Vivir junto al río siempre ha formado parte de esta ciudad: trabajar con madera local y caña guadúa, cuidar la ecología de la ribera y las técnicas tradicionales, dos cosas que se estaban perdiendo. Todo esto nos ayuda a mantener esa conexión entre el río y la tierra, y siembra una semilla para la próxima generación".

En virtud de un acuerdo de responsabilidad compartida con el Municipio de Babahoyo, los residentes conservarán la propiedad de sus viviendas, puentes y sistemas de filtración, mientras que el Municipio se compromete a mantener los caminos y espacios públicos.

Por su parte, don Pedro se muestra optimista respecto al futuro que su comunidad ha forjado por sí misma. "Me da esperanza. Quizás vuelva a pescar. Voy a volver a pescar".

Natura Futura es un estudio de arquitectura ubicado en Babahoyo, Ecuador, enfocado en exploraciones arquitectónicas que buscan soluciones para habitar la ciudad de formas más humanas, a través de la experimentación y la investigación continuas. Huellas del Agua es una visión que integra la regeneración del Barrio Flotante Las Balsas y de El Embarcadero, un centro cultural y gastronómico sobre el agua, junto con paisajes inundables, espacios públicos e infraestructuras flotantes. Huellas del Agua plantea una nueva forma de habitar el territorio, en la que la arquitectura, el paisaje, la cultura y los saberes locales conviven con la dinámica natural del río. Propone un modelo de intervención para ciudades marcadas por el agua, capaz de transformar las infraestructuras acuáticas en espacios de regeneración ambiental, encuentro comunitario y vida colectiva. Los primeros prototipos del Barrio Flotante fueron diseñados con la colaboración de Juan Carlos Bamba.

Ciclo de apoyo: 2024, 2026